Dentro de la historia de Monterrey existen varios crímenes que han cimbrado a la sociedad. Podemos recordar los casos de Hugo Santoy, Julio Castrillón, Andrómeda y el tristemente célebre crimen de la Casa de Aramberri, pero hay uno que en los 90’s causó repulsión y misterio: el asesinato de la familia Aguillón.

El terrible triple homicidio de la familia Aguillón

La madrugada del 7 de septiembre de 1994 se escucharon gritos de auxilio en la calle Monte Toledo del 7º sector de la Colonia Las Puentes de San Nicolás.

Los vecinos que se alcanzaron a percatar no hicieron el reporte a las autoridades, por lo que el suceso pasó desapercibido.

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Sin embargo, con el pasar de las horas comenzó a percibirse un fétido olor proveniente del domicilio con el número 830, casa en la que vivía la familia Aguillón Martínez, integrada por Alfredo de 22 años, su esposa Karina de 17 y el hijo de ambos, Alfredito de un año y medio de edad.

Ante esto, un vecino alertó a la familia de los Aguillón y al lugar llegó el padre de Karla, quien al ingresar al domicilio se topó con una escena “dantesca”: los tres habitantes habían sido salvajemente asesinados con objetos punzo-cortantes, incluyendo el bebé.

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La noticia se supo de inmediato a través de noticieros y periódicos. La sociedad regiomontana no daba crédito a lo ocurrido.

Al momento del hallazgo, los cuerpos tenían 37 horas de fallecidos. No había forzaduras en las puertas de la casa y el vehículo Tsuru (taxi) del padre de familia asesinado (fue robado por el o los presuntos responsables. No hubo agresiones sexuales en contra de la joven madre de familia.

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Las autoridades encargadas de la investigación comenzaron a realizar interrogatorios y pesquisas, más aún cuando el caso ganó mucha difusión en los medios de comunicación.

Compañeros taxistas de Alfredo, un taquero, un abogado y demás conocidos y personas que de alguna manera se relacionó con la familia, fueron interrogados, sin embargo los avances fueron lentos.

No se pudo mantener una hipótesis en torno al caso: se pensó en un robo y se descartó; se mencionó que pudo haber sido un crimen cometido por homosexuales por un mechón de cabello pintado de castaño que se encontró en el lugar y a que Alfredo daba servicio de taxi a un ballet de travestis, pero esta opción también se vino abajo; se pensó después en una venganza y se mantuvo como la opción más viable, sin embargo el caso se “atoró”.

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Pasaron los meses y el caso se volvió un laberinto, hasta que en febrero de 1995 se detuvo a dos rotulistas, a quienes se procesó por el triple crimen. Se trata de José Luis Valadez Ochoa y Arturo Meza Hernández, quienes confesaron que cometieron el crimen para robar 250 pesos y el ecotaxi de Alfredo Aguillón.

Sin embargo, días después de desdijeron de sus confesiones y acusaron que elementos de la Policía Judicial los torturaron para que asumieran las responsabilidad de los asesinatos.

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A pesar de esto se les dictó auto de formal prisión y fueron internados en el Penal del Topo Chico.

Parecía que todo había sido resuelto y que la justicia se había impuesto, pero 8 años y varios meses después, en 2003, fueron puestos en libertad los dos detenidos: un juez determinó que se les sembraron pruebas y que no existía ninguna evidencia que confirmara su culpabilidad, luego de que el abogado de ambos presentó varios recursos.

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Así el caso fue reabierto y nunca jamás se supo quién o quiénes cometieron este asesinato y cuál fue la razón para cometer tan horrendo crimen.

Hoy la casa de localizada en el 830 de la calle Monte Toledo del 7º sector de la Colonia Las Puentes de San Nicolás ha cambiado su fachada y es habitada por otra familia, mientras que este caso poco a poco se borra de la memoria colectiva de Nuevo León, a pesar de ser uno de los más misteriosos que se han registrado en la entidad.

¿Algún día se resolverá este crimen? Todo parece indicar que no.

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