El 10 de mayo de 1986 se vivió un día triste en miles de hogares regiomontanos, ya que se dio algo que muchos consideraban impensable: Fundidora Monterrey cerró operaciones.

Tras enfrentar varios problemas económicos y laborales, la “Maestranza” se declaró en quiebra, apagó sus hornos e instalaciones y cerró sus puertas a los miles de trabajadores.

La noticia corrió como “reguero de pólvora” y todo mundo se negaba a creerla. Hubo quien se dio cita en los accesos de la empresa y confirmaron que los accesos estaban cerrados, custodiados por personal militar y policial.

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Fue un amargo Día de las Madres. La incertidumbre se apoderó de muchas familias que de la noche a la mañana se quedaron sin sustento.

Pero ese fue apenas el inicio del calvario.

De inmediato se lanzó una campaña mediática en diversos espacios para estigmatizar a los trabajadores de Fundidora, culpándolos del cierre de la compañía.

Se les acusó de todo y eso trajo consecuencias: en pocos lugares se les daba empleo a los extrabajadores de la “Maestranza”, pues eran catalogados como conflictivos.

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Este estigma se extendió hacia los hijos de los mismos trabajadores, quienes en muchos casos tenían que ocultar información familiar en los procesos de reclutamiento laboral, ante la existencia de “listas negras”.

Esto orilló a muchos a recurrir a la informalidad, a emigrar a otras partes del país o a Estados Unidos, incluso hubo muchos extrabajadores que optaron por el suicidio.

La economía regiomontana sufrió un duro golpe, no solo la de los exempleados sino también la de muchos comerciantes que vieron mermadas sus ventas ante la falta de poder adquisitivo de miles de familias.

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Las manifestaciones y marchas no tuvieron ningún efecto, los medios de comunicación se enfocaron en darle promoción al Mundial de Futbol, evento que robó la atención de todo e país.

El desamparo fue total, aunque con el paso del tiempo pudieron abrirse oportunidades de trabajo.

Poco a poco la crisis fue “superada”.

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De aquel gigante industrial solo quedan los esqueletos de los hornos e instalaciones, ahora presentados de manera “bonita” en el Parque Fundidora.

Pero también quedan miles de historias de sacrificios, esfuerzo y dolor que fueron forjando el ascenso de la hoy llamada Sultana del Norte.