La historia del Obispado de Monterrey

Del antiguo Monterrey quedan pocos rastros, ya que la mayoría de los edificios que datan de la época colonial fueron demolidos.

Uno de los que se mantiene en pie y que se ha convertido en un símbolo de la ciudad es el Palacio del Obispado.

Esta construcción se encuentra en el cerro que originalmente se llamaba loma de la Chepe Vera y que después fue bautizado como Cerro del Obispado.

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Su construcción fue ordenada por el obispo fray Rafael José Verger para que fungiera como su casa de reposo y oración, la cual fue concluida en 1787.

A partir de ahí, el Palacio del Obispado de Monterrey se convirtió en mudo testigo de un sinnúmero de historias, ya que recibió distintos usos.

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En efecto, esta edificación de destacado estilo arquitectónico sirvió primero como centro religioso, pero posteriormente se usó también como fortaleza militar, gracias a su privilegiada ubicación, desde la cual se puede divisar toda la ciudad.

Ahí se disputaron importantes batallas tanto de la Guerra de Independencia de México, así como la defensa ante la Invasión de Estados Unidos, la Intervención francesa y la Revolución Mexicana.

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Resistencia de tropas federales contra el ataque de fuerzas carrancistas, 1913.

Incluso es fecha que se siguen encontrando proyectiles, trincheras y otros indicios en los alrededores del Obispado, además de las “cicatrices de guerra” que presenta la fachada.

Por otro lado, también sirvió como sanatorio y dispensario médico, sobre todo durante las graves epidemias que se vivieron en Monterrey durante el siglo XIX (la fiebre amarilla y cólera, principalmente).

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Con el paso del tiempo, esta construcción sufrió el abandono y la falta de mantenimiento hasta el punto de llegar a quedar casi en ruinas.

No fue sino hasta 1932 cuando se consiguió que el edificio fuese reconocido por las autoridades federales como monumento colonial, con lo cual se pudo facilitar su restauración con la finalidad de volverlo un centro cultural.

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Así, en 1956 quedó por completo restaurado respetando su arquitectura, convirtiéndose en el primer museo regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en el norte del país.

A partir de ahí su importancia como símbolo de Monterrey se elevó sustancialmente hasta nuestros días, en donde se ha vuelto un punto de referencia y destino turístico.

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